Venezuela vista desde México

Ayer compartí aquí mi opinión sobre la calidad de la democracia venezolana. Dadas las buenas o malas reglas e instituciones de aquel país, el veredicto electoral es claro: la mayoría de los electores venezolanos votaron por Chávez. Ahora bien, ¿cómo ve la elección un venezolano residente en México? Aquí comparto dos visiones de amigos cercanos. Obvio, no se puede generalizar con evidencia anecdótica pero cada voto cuenta una historia.

Alexander Elbittar, economista, publicó en su muro:

“Veo cosas y me pregunto por qué. Sueño otras y me pregunto por qué no”

Declaro el día de hoy y ante la situación desafortunada en que atraviesa mi país Venezuela que espero poder seguir trasmitiendo a mis hijos, familiares, amigos y enemigos, que existe otro camino, en el cual la libertad, las leyes y los derechos humanos de los ciudadanos sean respetados; en el cual uno no se tenga que estar sometido a los favores del gobernante en turno a cambio de un voto o de mantenerse callado ante los atropellos y la injusticia que se comete; en el cual el progreso colectivo se alcance mediante la educación y el esfuerzo de sus ciudadanos y el deseo de lograr niveles intelectuales, materiales y espirituales superiores para sí y su comunidad, y no bajo la esperanza de ser favorecido por un gobernante que se siente dueño y señor del Estado.

María Cecilia Ghersi, @machixblue, compartió su experiencia en Foreign Affairs LatinoaméricaBitácora personal: el voto venezolano desde México

Describir un proceso electoral fuera del país de nacimiento requiere de un ejercicio objetivo, consciente, que se eleve ante razones personales y se conduzca quieto y cuidadoso por un laberinto asombroso que lleva al día de las elecciones en el extranjero.  El proceso desde hace meses tuvo varios nombramientos de honor pero hubo dos frases cruciales, “Hay un camino” – que resguardaba la esperanza de un cambio con Capriles – y “La Victoria Perfecta” – que se sentaba a esperar la reelección de Hugo Chávez Frías con total seguridad.


De ellas nacieron entrevistas, pronunciamientos en  redes sociales y artículos de opinión como eje principal de un debate perpetuo que en su fondo  inició hace 14 años con el poder invocador del discurso de Chávez que confiere hasta el presente  el uso de un lenguaje particular que  ha irrumpido en la sociedad venezolana con un tinte emblemático de contradicción social y muchas veces de admiración suprema. Muchos quisieron llamar al proceso “El Camino a la Victoria”  para tratar de unificar esta pesada carga que llevan los que se van de Venezuela a emprender otros caminos y que  sienten una culpa enorme que pesa y se quita de la espalda por minutos una vez cada tantos años, emitiendo con orgullo y responsabilidad el voto extranjero, ese, que inseguro, se supone viaja y llega a ser calculado en los resultados finales. Siempre queda la duda, aunque no se diga nada.
Cientos de personas llegaron con ese espíritu a la Embajada de Venezuela en México alrededor de las 8 de la mañana. Puesto que no hay consulados en el interior del país que permitan a los venezolanos votar desde las ciudades donde viven, buses repletos de gente llegaron a la colonia Polanco en la capital mexicana y se encontraron con una calle cerrada, supervisada de esquina a esquina por amables policías que se integraron al proceso, guiando a las personas sobre el cómo buscarse en las listas autorizadas para votar que emitió el Consejo Nacional Electoral desde Venezuela.
Listas, la palabra “listas” que asusta todavía a quienes alguna vez se les  ha negado en Venezuela una licencia, un pasaporte o una cédula de identidad. Temor porque persiste en el inconsciente del venezolano un supuesto: el Gobierno maneja listas y se teme entonces que no se va a encontrar el nombre en ninguna. Los venezolanos se mueven, con cautela, pero sospechan siempre. Tienen miedo. Han vívido una cantidad de contradicciones de la Revolución Bolivariana en cada trayecto o diligencia, papeleo o salida del país que complica la percepción en momentos en que la participación ciudadana es urgente. Se desconfía de  una mirada, una frase, una mueca, una señal y un algo a lo que no se le ha  podido dar nombre aún. Un “algo” que aterra a unos y hace seguros a otros.
Buena noticia: sí estaban en la lista. Buena noticia: en la embajada de Venezuela son realmente amables; Otra buena: había material, tinta, servilletas, lapiceros y todo lo necesario para emitir en paz el voto. Esperaron un promedio de dos horas para poder entrar a la Embajada en filas. Fueron revisados, les quitaron encendedores, cigarrillos  y celulares y los  condujeron por un pasillo decorado con un gran cuadro de Simón Bolívar que parece saludar desde la Independencia a los “hijos de la Patria” hasta llegar al  estacionamiento que hacía las veces de salón de votación. Afuera sonaban los tambores, las guitarras, los cuatros, las maracas y el grito de “se ve, se siente Capriles Presidente”.
Le temblaban las manos a María, una venezolana que tiene 9 años en México y simpatizó con el régimen desde las tempranas horas del 4 de Febrero de 1992. Le tuvieron que aclarar varias veces dónde debía poner su firma, votó en menos de 30 segundos remarcando varias veces la “equis” y salió caminando lentamente preguntándose si era hora de celebrar. Se encontró  afuera con al menos mil venezolanos cantando el Himno Nacional a viva voz, a todo volumen. Observaba las caras contentas, los brazos en alto, los niños corriendo, las señoras llorando . Sintió un silencio dentro. Se preguntaba si, al igual que ella, había muchos que creyeron alguna vez en la  Revolución con la que se  bautizó el siglo XXI,  esperanza de una Nación de mayorías dispuestas a luchar, dispuestas a cortar los  hilos de las diferencias de clase,  a criar hijos con un criterio nuevo de Estado, de argumentos y  convicciones que otorgaran a todos el título de “Ciudadanos”.
Terminó el himno y entre el llanto atorado de algunos, y los tambores replicando de alegría de otros, se celebraba un encuentro en donde sucedió todo con total normalidad, una muestra de civismo en esas caras que  esconden  un lenguaje  colectivo iniciado en aquel 4 de febrero que provoca un enorme campo  de atracciones y repulsiones al régimen que termina por oscurecer la percepción de lo que sucede dentro y fuera del tema que verdaderamente ocupa a Venezuela.

 

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