Hace poco más de un mes Felipe Calderón presentó una ambiciosa iniciativa de reforma política. Desde entonces, diversos analistas se han dado a la muy útil tarea de debatir las ventajas y desventajas de algunos de sus aspectos fundamentales: reelección, segunda vuelta, candidaturas independientes, iniciativa ciudadana, veto parcial, entre otras. Aunque todo debate tiene cierta varianza, no dejan de sorprender los variopintos argumentos con que se defienden reglas tan indefendibles como la no reelección o la prohibición a candidaturas independientes, por ejemplo.
En su artículo del diario Reforma del 21 de enero, José Woldenberg se hace cargo de las candidaturas independientes. Woldenberg nos recuerda que los “candidatos independientes son partidos políticos que no se atreven a decir su nombre”. Puros o impuros, si estos ciudadanos acaban funcionando como partidos políticos, ¿entonces para qué tanta alharaca? Woldenberg nos recuerda, además, varias de las complicaciones que impondrían las candidaturas independientes en nuestro ya muy enredado sistema electoral: ¿Y si pierden? ¿Y si ganan, qué van a hacer al llegar a las cámaras? ¿Quién los apoyaría como ejecutivos? ¿Y si se acaban uniendo a un grupo parlamentario? ¿Y si se sienten muy solitos? ¿Cómo subsidiaríamos sus campañas o asignaríamos sus spots? ¿Y si son muy ricos? ¿Y qué tal que son narcos? Con tantas complicaciones quizá sea mejor que dejemos las cosas como están. Al fin y al cabo, como parece asumir este argumento, cualquier candidato realmente valioso debería ser adoptado por uno de nuestros tantos partidos políticos (esos sí, esenciales para la democracia, según se dice). Continue reading