AMLO 2006 vs Capriles 2013

Mi blog de esta semana en Animal Político, Covarianzas, es una comparación entre las recientes elecciones presidenciales de Venezuela y México (ie, un análisis comparado de 2 países x 2 elecciones).

¿Podemos comparar México con Venezuela?

Tras la muerte de Hugo Chávez, el pasado domingo 14 de abril hubo elecciones presidenciales en Venezuela. Se trata de un proceso electoral extraordinario en muchos sentidos. Baste recordar que los venezolanos han sido convocados a elecciones tres veces en los últimos siete meses. Henrique Capriles, gobernador de Miranda y candidato de oposición al chavismo en octubre pasado, enfrentó ahora a Nicolás Maduro, vicepresidente efímero y quien fuera designado por Chávez como candidato en caso de su deceso. Según los datos oficiales, Capriles fue derrotado por más de millón y medio de votos en octubre pasado, y por menos de 270 mil votos este domingo.

En octubre, Capriles concedió la derrota de inmediato con un discurso estilo “gran demócrata”, pero hoy ha desconocido el resultado, exige un recuento total de casillas, la aclaración de un sinnúmero de irregularidades y ha convocado a diversas movilizaciones. La situación en Venezuela es muy tensa y no es para menos. Las reacciones en México tampoco se han hecho esperar: es una historia demasiado familiar.

Mexico_Venezuela

¿Se puede comparar el sistema electoral de México con el de Venezuela? Hay quien dice que ninguna elección es comparable con otra porque los actores y el contexto cambian a cada momento, o bien que ningún país se puede comparar con otro porque cada uno tiene una historia distinta: como México no hay dos y, como Venezuela, tampoco. La ciencia política comparada opina que sí se puede: es el mundo de los estudios de caso.

Un error frecuente al opinar sobre asuntos electorales es calificar la contienda dependiendo del resultado. Si gana el partido o candidato que me gusta, la democracia funciona y el pueblo soberano ha emitido su mandato con claridad. Pero si pierde, entonces hubo fraude, la democracia ya no funciona o, de plano, les han lavado el cerebro a los votantes. Las simpatías partidistas imponen un sesgo cognitivo difícil de superar: a mayor convicción ideológica, mayor sesgo.

Incluso si dejamos de lado el color de ganadores y perdedores, es difícil evaluar la calidad de una democracia a partir del resultado electoral. Si el margen de victoria es muy estrecho, quizá hubo mano negra; y si el margen de victoria es muy abultado, quizá el proceso fue inequitativo y los dados estaban cargados desde el principio. ¿Qué hacer? Como el diablo está en los detalles, no hay de otra más que evaluar el proceso electoral en su conjunto: desde la calidad de las reglas y su implementación hasta la conducta de los actores clave.

¿En qué se parecen las recientes elecciones de Venezuela con las de México en 2006? En el resultado y en que el perdedor decidió impugnarlas de manera frontal. ¿En qué más? Prácticamente, nada más, pero hay que entender por qué.

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