Hillary Clinton y los estereotipos de género

¿Importa el género de una candidatura presidencial? ¿Mucho o poco? ¿Deberían de hacerlo?  A propósito de la candidatura presidencial de Hillary Rodham Clinton, esta semana dediqué mi  columna de Excélsior, “Voto razonado” (30 julio 2016) a discutir estas preguntas. Al final incluyo varias lecturas relacionadas sobre estereotipos y sesgos de género en las elecciones.

Hillary Rodham

El 26 de julio pasado, el Partido Demócrata de Estados Unidos nominó oficialmente a Hillary Rodham Clinton como su candidata presidencial. Propios y extraños reconocen que se trata de un acontecimiento histórico para la democracia norteamericana,  justo como ocho años atrás lo fuera la candidatura de Barack Obama por el mismo partido. Vale la pena destacar que, en gran medida, lo histórico de estas candidaturas no radica en sus plataformas, decisiones o experiencias personales, sino por el género de una y la raza del otro, aspectos que si bien forman parte de su currículum vitae no fueron elecciones personales.

¿Importan el género y/o la raza de una candidata presidencial? ¿Mucho o poco? ¿Deberían de hacerlo? Para empezar, una aclaración pertinente: de poder hacerlo, sin lugar a dudas votaría por Hillary para la Presidencia. Se me ocurren muchas razones para hacerlo que son independientes de su género e inclusive de su partido. Y como todo es relativo, se me ocurren otras tantas razones más para hacerlo justamente porque su rival es Donald Trump. Ocho años atrás, sin embargo, quizás hubiera votado por Obama. Votar por una candidatura sólo —o preponderantemente— por su sexo o por su raza no me parece un argumento muy defendible que digamos. Votar siempre por un mismo partido, tampoco. Pero ¿de verdad podemos evaluar una candidatura independientemente de su género, raza o historia personales?

Volvamos al meollo del asunto. Hillary ha estado en el escaparate político nacional por lo menos desde 1992, cuando su esposo Bill Clinton frustró el intento de George Bush por reelegirse. Resulta que si analizamos la percepción favorable o desfavorable —uno de tantos indicadores de potencial éxito en las urnas— de Hillary desde 1992 a la fecha se aprecia un patrón sorprendente: cuando ha buscado un cargo de elección popular —como en 2000 que se lanzó al Senado, o en 2008 cuando buscó por primera vez la candidatura presidencial, o justo ahora en 2016—, han aumentado las opiniones negativas respecto a ella. Y una vez que llegó al Senado o cuando ocupó un cargo en el gabinete de Obama, las opiniones favorables aumentaron.

Si bien esta dinámica puede deberse al duro escrutinio de las campañas electorales en aquel país, también puede deberse a un sesgo o prejuicio en la percepción generalizada de las mujeres que buscan un cargo de elección popular. Quizás la ambición política se percibe como natural entre los hombres, pero sospechosa entre las mujeres. Sucede que si la opinión pública juzga diferente la ambición política de hombres y mujeres, estaríamos frente a una instancia más de lo que los estudios de género llaman el “doble estándar”.

Según la ciencia política, el carisma importa en una campaña electoral. Sin embargo, en la medida en que el juego político-electoral ha sido históricamente dominado por hombres, es posible que los rasgos característicos de una candidatura exitosa sean estereotípicamente masculinos, o bien que estos rasgos sean percibidos de manera distinta en hombres que en mujeres. Existen estudios de sicología política que sugieren interesantes diferencias en la forma en que las personas perciben a las candidaturas de hombres y mujeres. A las candidatas en general se les percibe como más compasivas y honestas que los hombres, mientras que los candidatos suelen ser vistos como líderes más fuertes y asertivos que las mujeres. Además, el contexto importa: quizás en una crisis de corrupción ellas tengan mejor éxito que los hombres; quizás en una crisis de inseguridad ellos tengan mejor suerte. En la guerra de percepciones, Hillary va cuesta arriba.

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