Forma y fondo

En mi columna para Excélsior del 6 de septiembre de 2014, discuto algunos problemas del segundo informe de gobierno del presidente.

Forma y fondo

El tema de esta semana que termina no es la entrega del Segundo Informe de gobierno del presidente en turno —ese voluminoso documento será revisado y discutido por muy pocos—sino el mensaje que impartió Enrique Peña Nieto un día después en Palacio Nacional. No hubo grandes novedades en el mensaje: casi todo se había anticipado ya en la entrevista que el Presidente sostuvo con varios periodistas en el inédito programa de Conversaciones a fondo realizado un par de semanas antes, así como en los innumerables spots a que tienen derecho los mandatarios en los días previos y posteriores a la entrega de sus informes al Congreso. Al parecer, la noción de informar sobre la gestión de un gobierno se confunde con spots. Y los spots sobre un documento que debería ser más informativo que persuasivo se confunden con propaganda simplona.

No hay mucho que decir sobre el mensaje que pronunció el Presidente porque fue justo eso, un mensaje propagandístico y no un informe ante un poder con alguna capacidad de respuesta y/o sanción. Vale la pena recordar que un régimen de separación de Poderes presupone que el Ejecutivo rinda cuentas ante el Congreso, lo cual implicaría —por lo menos— que todos los legisladores tuvieran oportunidad de escuchar al Presidente comunicarles su visión del estado que guarda su administración, y que éste escuchará las réplicas de al menos algunos de ellos.

Dada nuestra experiencia reciente, este simple ejercicio de interlocución parece una fantasía, pero lo cierto es que esto ocurre de manera frecuente en peores y mejores democracias que la nuestra. Como ni una ni otra cosa suceden en nuestro país, a cambio tenemos un diálogo de sordos: posicionamientos legislativos con mínima audiencia y que el Presidente no escuchará cara a cara, y mensajes presidenciales de máxima difusión, pero al que sólo algunos legisladores serán invitados.

Esto no ocurre en México porque en 2007 tanto los legisladores como el entonces presidente Felipe Calderón decidieron que acudir año con año al Congreso de la Unión era demasiado arriesgado: si los diputados serían groseros con el señor Presidente, quizás era mejor que el Presidente organizara una fiesta a modo en algún otro recinto (con buen estacionamiento, de preferencia). Es probable que esto no le parezca nada mal a los presidentes en turno —después de todo a casi nadie le gusta que lo interpelen o abucheen—, pero de ninguna manera constituye un ejercicio de rendición de cuentas: informar, explicar y justificar.

Uno de los mensajes centrales —reiterado hasta el cansancio por el Presidente, sus voceros y no pocos aplaudidores—, es que este país, finalmente, “se atrevió a cambiar”. Cuando escucho estos mensajes recuerdo algunos mensajes de sexenios pasados: “El presidente propone y el Congreso dispone”. Vicente Fox afirmó en su momento que, palabras más o menos, su gobierno no sería viable si el Congreso no aprobaba un paquete de reformas. Y recuerdo también a algún líder legislativo priísta afirmar que el país se gobernaba ya desde el Congreso.

Lo cierto es que varias de las reformas más ambiciosas de estos dos años habían estado en la mesa desde hace varios años. Los priistas dirán que los panistas no supieron negociarlas con ellos. Puede ser. Los panistas dirán que los priistas nunca quisieron aprobarlas hasta que retornarnos al poder. Puede ser.

Recuerdo también un sexenio con un Presidente que también presumía un paquete sin precedente de reformas estructurales. A ese Presidente le fue muy bien en su elección intermedia, sin embargo, su sexenio acabó con una crisis sin precedente. Recuerdo, por último, a todos y cada uno de los presidentes de entonces a la fecha prometer que echarían a andar la economía mediante obra pública e infraestructura sin precedentes. Con tantos esfuerzos sin precedentes, lo sorprendente es que los resultados de un tiempo a la fecha sigan siendo los mismos de siempre. Ojalá me equivoque.

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