¿A dónde va la reforma política?

Esta es mi más reciente colaboración para CNN México.

¿A dónde va la reforma política?

En las últimas semanas ha resurgido el debate sobre la reforma política y el futuro de la minuta aprobada por el Senado y enviada a la Cámara de Diputados en abril pasado. Para que esta reforma tuviera algún efecto en el proceso electoral de 2012 debió haberse aprobado en los primeros días de julio, es decir, al menos 90 días antes de que inicie el proceso electoral. Es por ello que para algunos analistas el tema estaba condenado a fracasar desde su tardía aprobación en el Senado. Sin embargo, aún existe la posibilidad de que los actores políticos negocien y aprueben ahora una reforma política que entre en vigor a partir del proceso electoral de 2015.

Aunque pocos legisladores quieran admitirlo por ser un tema controversial, el aspecto fundamental de la reforma consiste en permitir la reelección de legisladores y alcaldes. Otras medidas deseables —pero de menor impacto en el mediano y largo plazo— son las candidaturas independientes, la iniciativa y consulta popular así como la iniciativa preferente para el Ejecutivo. Y otros temas importantes, como la segunda vuelta en la elección presidencial, quedaron fuera.

El lento avance de estos temas en el Congreso no es una sorpresa: para la mayoría de los líderes partidistas proteger un statu quo que los ha beneficiado es preferible a cambiar las reglas de su propia competencia. Tampoco se debe pasar por alto que la minuta del Senado fue aprobada precisamente en una coyuntura en que la agenda del presidente Felipe Calderón coincidió con la del senador Manlio Fabio Beltrones, líder de la bancada priísta en esa cámara, y quien ha intentado posicionarse como candidato presidencial a partir de una agenda amplia de reformas políticas y económicas. Por otro lado, la bancada priísta en la Cámara de Diputados parece estar controlada por el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto. Así las cosas, en el corto plazo la reforma política llegará hasta donde un senador del PRI logre impulsarla frente a un gobernador de ese mismo partido.

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Al margen de tales negociaciones, el debate sobre las ventajas y desventajas de la reforma política y la reelección es fundamental por diversas razones. Por un lado, un porcentaje importante de la opinión pública no aprueba algunos de estos temas, o quizá no los entiende. Por otro lado, tampoco escasean los líderes políticos que, entendiendo muy bien lo que hay detrás, recurrirán a argumentos falaces y retóricos para proteger un statu quo poco defendible. En este sentido, el debate ayuda a que los mejores argumentos desplacen a los peores.

Consideremos el caso de la reelección legislativa. En una democracia, los votantes eligen a sus representantes y, dependiendo de los resultados obtenidos, deciden si los premian o castigan con su voto. Al facilitar la evaluación directa del representante (y no sólo la de su partido o bancada), la reelección consecutiva induce un mejor desempeño legislativo. Sin reelección, este simple mecanismo de rendición de cuentas se debilita. En condiciones ideales, la reelección fortalece el vínculo entre ciudadanos y representantes. Al hacerlo, fortalece al ciudadano frente a su legislador, al legislador frente a su líder de partido y, a su vez, fortalece al Congreso frente al Ejecutivo: descentraliza el poder. La reelección no es una panacea (¿qué cosa lo es?): el hecho de que todas las democracias consolidadas del mundo tengan reelección, y no al revés, acaso demuestra que es un mecanismo necesario pero insuficiente.

¿Cuáles son los argumentos en contra de la reelección? Según el gobernador Peña Nieto, la reelección legislativa estrecharía de manera desmedida la relación entre grupos de interés y legisladores, además de que impediría la renovación de cuadros políticos (El Universal, 18 julio 2011). El argumento de la renovación de cuadros es absurdo, por decir lo menos. Al diseñar un Congreso, lo que importa es su representatividad y su desempeño. El Congreso no es una tómbola: se trata de que se queden los mejores legisladores y de que éstos tengan los mejores incentivos para responder ante el electorado. El argumento de los grupos de interés también es incorrecto. Sin reelección, los legisladores tienen un horizonte de planeación de sólo tres años y no rinden cuentas ante el electorado. Por ello, son más susceptibles a la influencia de los grupos de interés públicos o privados.

Otros más dicen que no se debe mirar a otros países porque la historia de México es única (¿y cuál no lo es?), lo cual es mera retórica, o que la reelección impone más riesgos que ventajas. Si esto fuera cierto, deberíamos tener mejores legisladores que en otros países, ¿los tenemos? Hoy por hoy, ¿qué ventajas nos da tener un Congreso con renovados pero poco experimentados legisladores? ¿Nuestros legisladores responden más a los ciudadanos que a los grupos de interés o a los gobernadores que los apadrinan?

Por último, hay quienes se pronuncian en contra de la reelección y a favor de mecanismos para construir mayorías arbitrarias tales como la llamada “cláusula de gobernabilidad” (que no existe en ninguna democracia consolidada, por cierto). Si la reforma política retoma esta vertiente habrá que estar alerta porque la consecuencia sería un Congreso con mayor sobrerrepresentación pero sin una mayor rendición de cuentas ante el electorado.

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