Precampañas y precandidatos

En mi opinión, es un error dar un tratamiento diferenciado a las precampañas de las campañas, como lo es tratar de modo diferente a los aspirantes de los precandidatos y los candidatos a una elección popular. La razón es simple: en una democracia las campañas son permanentes y cualquier ciudadano (político con chamba o sin ella) es un potencial candidato. Y todo lo que hacen o dejan de hacer los aspirantes a candidatos tiene efectos de mayor o menor grado en sus probabilidades de éxito.

Pues bien, la regulación federal y de muchas entidades se ha metido en el galimatías de pretender regular campañas y precampañas, especificar lo que es y no es un acto de campaña y precampaña y, para complicar más las cosas, definir y distinguir qué es y no es un acto válido de precampaña en función del número de aspirantes de cada partido. Una cosa es asignar tiempos y pautas conforme al nuevo modelo de acceso a radio y televisión y otra muy distinta es decidir qué tipo de mensaje o contenido puede ser transmitido.

El ejemplo más reciente tiene que ver con el acceso a medios (léase spots) de los precandidatos de cada partido (una de las nuevas atribuciones del IFE tras la reforma electoral de 2007). Se dice que los precandidatos sólo tienen derecho a spots personalizados y actos públicos de “precampaña” cuando existan al menos dos precandidatos en su respectivo partido político. De lo contrario, sigue este argumento, un “precandidato único” de cierto partido incurriría en actos anticipados de campaña que afectarían la “equidad de la contienda” frente a los precandidatos de otro partido que tuvieron que librar una elección interna antes que la general. Puede ser.

El argumento restrictivo anterior no es necesariamente falso pero resulta que permitir ciertos actos de campaña o cierto tipo de spots a un tipo de precandidatos y no a otros, también puede “producir inequidad”. Veamos por qué.

Si el partido A tiene dos precandidatos, A1 y A2, y por ello se les permite tener spots y realizar actos de precampaña “para sus militantes”, al menos uno de esos candidatos ganará adeptos rumbo a la elección general: la competencia de una elección interna, y la exposición mediática que le acompaña, fortalece al precandidato ganador del partido A.

Si el partido B tiene un precandidato único, B1, y se le prohibe tener spots similares a los de A1 y A2 o el realizar actos similares a aquellos, no deberá sorprender que B1 pierda apoyo entre el electorado rumbo a la elección general: la falta de competencia interna, y de  la exposición mediática respectiva, afecta a cualquier candidato.

En general, restringir las actividades de precampaña también puede producir problemas. Por ejemplo, si el partido C realiza una elección interna abierta y el partido D una cerrada a militantes, entonces sus precandidatos requerirán actos de precampaña diferentes y los spots en televisión abierta le funcionarán mejor a los primeros que a los segundos. Es por ello que prohibir a rajatabla cierto tipo de actos de precampaña afectará el proceso interno de C o D.

En un mundo menos regulado, cada partido debería poder decidir la mejor forma de elegir a su candidato, y cuándo, así como la mejor forma de hacer campaña. Pero no, en México los legisladores compraron la idea de que cada etapa de una campaña puede ser finamente regulada, y entre el árbitro y el tribunal buscan rellenar los huecos de la legislación con aún más regulación. Y así nos va.

Aunque la ley quiera decretarlo, no existe una clara línea divisoria entre campañas y precampañas. Como tampoco aquella entre aspirantes, precandidatos y candidatos. Por definición, la competencia electoral no es equitativa en muchos aspectos: no todos los candidatos son igual de conocidos, guapos o carismáticos, ni sus estrategias de campaña igual de efectivas, ni su estructura partidista igual de densa. Imponer reglas excesivas en un proceso electoral en aras de corregir ciertas inequidades, posiblemente producirá otro tipo de inequidad o una simulación.

P.S. Noten que uso las abreviaturas A, B, C y D para no producir inequidad en ninguna campaña del mundo real… :)

On animals and institutions

This essay was originally published in 1928 by J. B. S. Haldane and today was featured in the Farnam Street blog.

On Being the Right Size

(…) And just as there is a best size for every animal, so the same is true for every human institution. In the Greek type of democracy all the citizens could listen to a series of orators and vote directly on questions of legislation. Hence their philosophers held that a small city was the largest possible democratic state. The English invention of representative government made a democratic nation possible, and the possibility was first realized in the United States, and later elsewhere. With the development of broadcasting it has once more become possible for every citizen to listen to the political views of representative orators, and the future may perhaps see the return of the national state to the Greek form of democracy. Even the referendum has been made possible only by the institution of daily newspapers.

To the biologist the problem of socialism appears largely as a problem of size. The extreme socialists desire to run every nation as a single business concern. I do not suppose that Henry Ford would find much difficulty in running Andorra or Luxembourg on a socialistic basis. He has already more men on his pay-roll than their population. It is conceivable that a syndicate of Fords, if we could find them, would make Belgium Ltd or Denmark Inc. pay their way. But while nationalization of certain industries is an obvious possibility in the largest of states, I find it no easier to picture a completely socialized British Empire or United States than an elephant turning somersaults or a hippopotamus jumping a hedge.